Cuando la edad nos da el privilegio de entender que hay batallas que valen la pena



Creo que ese es uno de los privilegios de la edad, se ha vivido tanto que llegamos a comprender que hay batallas que valen la pena y otras que al paso del tiempo acabamos por comprender que aún cuando implicaron tanto dolor, fue lo mejor que nos pudo suceder. Que bueno seria podernos evitar el dolor que ellas conllevaron, sin embargo, en su momento parecieron esa bomba que al caer destrozan nuestras vidas. Y a pesar de todo no hay nada que podamos decir a las más jóvenes solo: “te aseguro que esto pasará”.




Si tan solo pudiéramos tomar de la mano a las jóvenes que vienen detrás de nosotros, en esos momentos en que las pérdidas amorosas ocurren y llevarlas a echar una mirada al futuro uno en el que la vida puede ser positiva, abundante y con una nueva perspectiva respecto a lo que es fundamental.


Si solo pudiéramos explicar que la vida toma extraños caminos para separarnos de donde ya no es posible continuar y aunque parece que Dios nos abandona justo es para colocarnos en el mejor lugar.


Cuando viví una experiencia de este tipo un gran amigo me dijo: “Esto es como dicen que es en el cielo en donde Dios tiene una hermosa granja y dicen los que saben que lo que más le gusta es mirar a los cerditos del lugar porque le recuerdan a nosotros, los humanos en esas complicaciones del amor. Y relatan que cuando Dios separa a los cerditos de la madre porque es tiempo de que se alimenten de otra manera, estos chillan desesperados queriendo regresar, sin percatarse de que van al sitio en que el alimento les ayudará a crecer de mejor manera, también sonríe cuando alguno se le escapa y acaba chupando la llave del agua creyendo que es la cálida teta materna”.


Con esto mi amigo me dijo: No le des tanto valor a lo que ya no funcionaba, no que la otra persona o yo no funcionáramos. El encuentro entre nosotros era lo agotado.

Ufff si tan solo pudiéramos asumir que a diferencia de lo que nos han enseñado las relaciones tienen fecha de caducidad, con la edad aprendemos que nada es para siempre. Porque qué significa siempre, hasta que yo me muera o la otra persona lo haga. Ahí está la fecha de caducidad. Nada es para siempre.


Pero tal vez estoy descuidando que el dolor es inevitable. Mil veces lo he repetido en clase: Los sentimientos radican en un área del cerebro que tiene como característica que es involuntaria su función, aunque afortunadamente consciente. No, no podemos evitarlo, efectivamente va a doler. Creo que si pudiera sumar a ello el conocimiento de que lo que duele son las ilusiones que ahí teníamos depositados, las dependencias construidas, la vida habituada. La otra persona y nosotras mismas habíamos crecido de diferentes maneras como engranes que al dar una vuelta ya no encontramos coincidencia. Que con esa persona la que es en el momento del adiós habíamos perdido aquello que nos pudo haber unido.


En ocasiones resuenan en nuestra cabeza frases como: “me dejó”, “prefirió a alguien más antes que a mí” y otras semejantes que nos conducen a lastimar más en esa herida que parece que nunca sanará. Y acompañamos las mismas con fantasías en las que miramos a esa persona con quien compartíamos la vida que “evidentemente” -para nosotros- tendrá mejores atributos o mostrándose como “idealmente “quisiéramos que lo hiciera con nosotras.


Ninguna de ellas es cierta. Primero porque no hay forma de compararnos para ver quien es mejor, somos diferentes y respecto a esto no hay duda y en torno a la segunda: No está con quien puede coincidir siendo quien es, en este momento.


Que pena que no podemos evitarlo para ellas, las que vienen después y a quienes lamentablemente educamos en ese clima de merecimiento y no con la consciencia de ser seres hermosos y suficientes para la vida y que sea el tiempo, justo después de la tormenta dónde podamos encontrarnos con esa realidad y valorar los regalos que esa separación trajo a consecuencia.


Ojalá que ir creciendo de esta manera tarde que temprano traiga a nuestras jóvenes el aprendizaje tan importante de que nada es para siempre y que si algo se rompió fue porque ya no había manera de que pudiera sostenerse.