EL AMOR… ¿DUELE? AMOR QUE DUELE

11/08/2014

Hoy me pregunto ¿El amor duele? Y mi respuesta tradicional, convencional, aprendida y automática es: ¡Si, claro que el amor duele! La separación en una pareja duele porque hay amor. Que les ocurra algo a los hijos duele porque les amamos.

 

Es frecuente escuchar: “Mientras más amamos más duele”. Uno de los mitos que confunden, pues entonces quiere decir que el amor es como las inyecciones: Un mal necesario.

 

Pero hoy quiero pensar diferente. El amor no se transforma en dolor. No es necesario evitar el amor para no tener dolor en la vida, ya que aun cuando así lo hiciera,- imaginando que puedo evitar totalmente mi capacidad para amar-, la vida me y nos va a enfrentar con algunos dolores.

 

Las pérdidas duelen, duelen los conflictos, las enfermedades y hasta las inyecciones.

 

Sin embargo el control, los aprendizajes, la represión nos conduce a embarrar de cochambre el sentimiento de amor.

 

Si comenzamos por revisar que la propuesta de que el amor es nuestro, para nosotros y desde nosotros, pareciera a primera vista que se trata de una postura egocéntrica, pero detenidos en el análisis podemos contemplar que el amor es un sentimiento que conlleva placer y que solo lo puede vivir quien está amando.

 

Cierto es que si vivimos el amor, la repercusión en actos de este amor va a manifestarse en el encuentro con los demás. Encuentros claros, luminosos y vibrantes y eso será resultado de que cada quien, en el encuentro, está asumiendo su sentimiento de amor sin tapujos (aunque vale la pena aclarar que no siempre el sentimiento es compartido).

 

Cuando confundimos el amor con el dolor la expresión se vuelve temerosa y se puede pensar que el amor debilita, sin darnos cuenta de que lo que lo hace, es el dolor.

 

El amor siempre brinda la fuerza para plantear con claridad lo que queremos y lo que no, y nos podemos retirar de una relación o una situación amada, no por el amor sino por el dolor.

 

También lo podemos confundir con la frustración y nos volvemos ásperos, violentos. Por ejemplo en una circunstancia en la aparentemente hay claridad: Si, te quiero (de la manera que sea y con cualquier intención) pero si por algo tú no eres como espero o no puedo vivir junto a ti lo que deseo, la misma frustración me con duce a dañarte, ofenderte o juzgarte.

 

Claro que eso no fue por el amor sino por una actitud controladora que cuando las cosas no son como deseamos nos tornamos en furia. (Aprovecho para ofrecer una disculpa a las personas ante quienes he confundido el amor con la frustración).

 

Es posible evitarnos el agobio que la suma y confusión de sentimientos genera, podemos seguir disfrutando del amor que aunque el camino sea la distancia, lo que implica hacernos cargo de las propias debilidades y frustraciones.

 

Una realidad posible es amar la presencia, cercanía, los encuentros y al mismo tiempo dolernos ante el engaño, perder la ilusión, ante la necesaria decisión de retirarnos porque no compartimos valores, proyectos, etc. De esta manera procesamos el dolor y dejamos intacto el amor.

 

Nos frustra la circunstancia que invita a retirarnos ya sea porque en este momento no conviene la cercanía -por cualquier razón-. Podemos poner distancia y conservar el amor.

 

No permitamos que por creencias nuestro amor se salpique con otras emociones, no dejemos que lo aprendido nos lleve a reprimir la maravillosa experiencia de vivir desde el amor. Dejemos que nuestros sentimientos convivan sin que se anulen unos a otros.

 

Amor es amor.

 

El dolor duele porque duele.

 

La frustración enoja porque nosotros no conseguimos lo que queremos.

 

Si sumamos todo y creemos que la vivencia se va transformando, nos agobiamos porque en medio de todo esto no sabemos lo que sentimos y nos tornamos vulnerables.

 

Amor + dolor + frustración= ansiedad extrema= confusión total.

 

Mejor es poner orden, el amor es un sentimiento positivo, alegre y podemos mantener claridad respecto a las personas que amamos y lo que de ellas amamos, y admitir que el dolor ante algunos hechos y circunstancias nos invita a reconocer que es tiempo de la despedida o que el enojo nos exige distancia y no la aniquilación del otro.

 

Todo claro, todo en orden y el amor libre para continuar la vida con fuerza.

 

Estando en la ciudad de Mérida, hace algunos años, traía encima este agobio formado por el amor, el dolor y la frustración. Desde luego que con todo ello mi panorama era totalmente gris. Me encontraba en el Museo del centro y ante bellísimas obras intentaba respirar para recuperar mi orden. Ahí mismo recibo una llamada violenta, frustrante que de inmediato retira mi atención de la belleza de la obra para sumirme más en el agobio.

 

Ante este malestar salgo de ahí y entro en una Iglesia donde un Sacerdote entrado en años compartía su Homilía, y yo más fastidiada, la Iglesia repleta de gente y pensaba que todo era un caos, en ese momento no tenía sentido para mi estar ahí, y pensaba- para colmo-, que me tenía que quedar ahí, pues de otra manera recibiría miradas de descalificación por retirarme y en ese momento no podía tolerar un rechazo más (que tal mi nivel de neurosis ante el agobio). Al final de cuentas me di cuenta que fui afortunada al permanecer, pues la voz del prelado llama mi atención cuando como parte de su discurso dice contundente: “Cuando te sientas tan lastimada, confundida, sin fuerza para la vida: Ama, solo ama y si no tienes a quien amar, acuérdate de mi y ámame. Solo ama.

 

Y a la fecha sigo amando a aquel hombre entrado en años.

 

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